Saturday, November 10, 2007

De pesca y más mandangas.

 

Don …, me habla usted de los pescadores.

Yo ayudé al naturalista Mariano de la Paz Graélls en su construcción del Laboratorio Ictiogénico de la Granja. En él, durante el mes de Noviembre se fecundaron 25.000 huevos de trucha común, e importamos muchas a Europa.

Sé que a usted le interesará más la pesca marítima, y de ella también me preocupé. No está bien que venga yo aquí haciendo ostentaciones; pero en Asturias recordarán que fui yo la que hizo que Gijón ostentase la capitanía marítima.

En mis tiempos, Madrid estaba minada de pozos negros y fétidas cloacas. Eso podía ser propio del Londres de Dickens, pero nunca de la capital donde vive la reina. Por ello hice construir el Canal de Isabel II.

Ello dio trabajo a 2000 personas, sin contar con los 1.500 presos que allí cumplían su condena. Yo presencié su primera fuente con surtidor en la calle San Bernardo. Fue una gran hazaña, debido al cólera, las fiebres, temporales y riadas que hubo durante su construcción.

Hay tantas cosas para contar… tantas anécdotas. A usted que es poeta, le gustará leer un himno que me hizo José Mor de Fuentes.

HIMNO

Suenan albricias
Con mil delicias,
El Tiempo llega
Que soberano
De la soñada
Y desalmada
Fuerza prescinde,
Y con su mano
El mando entrega
Y el cetro rinde
A la jurada
Reina y señora
Que entusiasmada
De confín a confín la España adora.
Maldad sañuda
Que guerra cruda
Al ínclito dechado
De peregrinas prendas,
Al objeto endiosado
De entrañables ofrendas,
Al ángel humanado,
Estás haciendo,
Y prescindiendo
Del pundonor
¡O atroz horror!
Ya te aparatas
Y allá dilatas
El plazo ansiado,
Para traerlo,
Con mil ardides
Y horrendas lides
Siempre atrasado
Y al fin hollado
Desvanecerlo;
Empedernida
En tu delirio,
Te das martirio,
Sin ver la Europa
Que, enfurecida,
Arde y galopa
Al escarmiento
Del viI intento,
Del atentado
Desenfrenado,
Infernal,
Sin igual…
Mas no, que sola
Nuestra española,
Fiel hidalguía,
En armonía,
Corre inflamada,
Y a su justicia
La atroz malicia
Yace en la nada…
Y todo es gozo,
Todo alborozo.
Suenan albricias,
Con mil delicias,
El Tiempo llega
Que soberano
De la soñada
Y desalmada
Fuerza prescinde,
Y con su mano
El mando entrega,
Y el cetro rinde
A la jurada
REINA y señora
Que, entusiasmada,
De confín a confín la España adora.

Aprovecho para responder aquí a doña …, que me ha dado datos sobre lo que le acontece al caballo de Espartero.

Un secreto ente usted y yo: He oído decir entre los caballeros de la corte que el máximo tamaño para unos cojones, es el que tiene el caballo de Espartero, que no puede superarse, porque entonces indica “torpeza o vagancia” (le cuelgan, se los pisa, se sienta sobre ellos, e incluso necesita una carretilla para llevarlos).

Estoy muy orgullosa de ser la reina del país de los mejores piropos. Pasaba yo en carroza, allí, frente al Palacio Real, cuando un caballero me dice :

“Churri tienes unos huevines como el caballo de Espartero”.

Se entiende que lo decía por mi forma de gobernar; pero yo tras ofrecerle una gran sonrisa, tomé nota en mi mente, para decírselo a mi Chema (José María Arana). Creo que el día que se lo espeté, concebí a mi Araneja.

Salud.

P.D. Prometo dar contestación a doña … y doña … más adelante.

Sakkarah en el papel de Isabel II

Los cojones del caballo de Espartero.

 

Doña …, un reino es un reino, a pesar de los enemigos que haya. No se queje de tener una reina liberal.

Yo tuve mucha falta de afectividad materna, y mi instrucción para gobernar después, no fue buena. Mi madre prefería estar con su nueva familia desde que se casó con el duque de Riansares. Ella sólo me manipulaba. «¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los catorce años, sin ningún freno a mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más que voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo?… Póngase en mi caso…»

Como usted bien sabe, Espartero se ocupó de mis cosas durante mi niñez. Él es de Ciudad Real, pero se fue a enamorar en Logroño, de doña Jacinta. La familia de esta, no quería cualquier cosa para su hija, y Espartero era un forastero sin posición. El amor, cuando es verdadero, salta todos los obstáculos, por eso él emigró a Perú para alcanzar una posición.

Dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno, y así es. Espartero se hizo amigo del marqués de Murrieta, en Perú, y de esa manera logró hacerse todo un personaje, para poder casarse con su Jacinta.

La boda fue por todo lo alto. Desfiló toda la comitiva sobre una alfombra roja que iba desde la casa de la novia “Reja Dorada”, hasta la Concatedral. Quizá lo de los cojones del caballo, pudiera venir de que él la rondaba montado en el. O que al escultor se le fuera la mano al modelarlos.

Le dejo aquí una canción de sus tiempos.

Salud.

Sakkarah en el papel de Isabel II

Por algunos caracteres de mi esquina constitución
Me admiran las mujeres más incluso que ha mi señor
Me dice… Espartero… que me ponga un braguero
Y yo le… contesto… que mis arrestos no son fiestas de guardar…
Y entre los coches yo cabalgo de verdad
Por la teoría de la relatividad
Como sugiere ese cantar tan popular
Voy recorriendo con mis nardos
la calle de Alcalá…
Y si ser caballo fue el gran fallo de mi vida real
Es cosa guapa en esta nueva etapa monumental
Son buenas… las vistas… no hay que matar carlistas…
Y a algunas… turistas… se les va el ojo al patrimonio nacional…
Soy el caballo de Espartero, ¡mírame!
Que no es mejor lucero aquel que más se ve
Y como siga distrayendo personal
Me paso un día por las piedras
la Puerta de Alcalá…
Y entre los coches yo cabalgo de verdad
Por la teoría de la relatividad
Como sugiere ese cantar tan popular
Voy recorriendo con mis nardos
la calle de Alcalá…
La la la la la…

Mecano

Tratamiento y limosnas.

 

Doña …

El tratamiento que se me debe, es el de majestad. Si le añade usted, “graciosa majestad”, mejor que mejor. Yo he tenido la delicadeza, de que le den el mismo tratamiento a mi marido Francisco, en vez de que le llamen su alteza real por ser príncipe. Tanto como me critican, y lo magnánima que soy.

El besamanos sólo es para los hombres. Es todo un arte saber tender la mano con delicadeza, ligeramente blanda; no como el que va a dar una bofetada. La sonrisa debe ser discreta, para corresponder. Se nota cuando el beso te lo da un hombre mundano, o un novato. Soy experta en ello, e intuyo cuando dará lugar a un beso más elaborado.

Ustedes, las mujeres me deben hacer una reverencia.

Está bien que a mi corte se le llame la “corte de los milagros”, pero no que usted aproveche y piense que en ella se fabrican ordenadores. Soy una mujer limosnera, y no me falta la mantilla; pero no soy tan analfabeta como dicen, pues aún sé que usted me habla de un artilugio muy sofisticado que utilizan para mentir.

En vez de una limosna, acepte de mí un buen consejo: Mi confesor, Antonio María Claret, siempre decía que los libros son la mejor limosna. Deje ese artilugio de mentiras, y lea, que yo la proporcionaré unos cuantos libros.

Para terminar, quiero dejar constancia de que lo que digo es cierto, dejo un soneto que me hizo Cervantes y que alude a mi bondad.

Salud.

Sakkarah en el papel de Isabel II

Serenísima reina, en quien se halla
lo que Dios pudo dar a un ser humano;
amparo universal del ser cristiano,
de quien la santa fama nunca calla;

arma feliz, de cuya fina malla
se viste el gran Felipe soberano,
ínclito rey del ancho suelo hispano
a quien Fortuna y Mundo se avasalla:

¿cuál ingenio podría aventurarse
a pregonar el bien que estás mostrando,
si ya en divino viese convertirse?

Que, en ser mortal, habrá de acobardarse,
y así le va mejor sentir callando
aquello que es difícil de decirse.

Miguel de Cervantes Saavedra

Sobre mi lujuria.

 

Doña —–, usted me habla de lujuria, y le cuento al respecto:

Se ha hablado mucho de mi amplia libido, pero si me casaron con un hombre homosexual, es lógico que yo me buscara a Enrique de Ruiz PuigMoltó para engendrar a mi Alfonso XII. Después surgieron más amantes, pero algún descuido lo tiene cualquiera.

Prefiero ser como soy, a no dejarme dominar por mi marido. Me quedó mal sabor de boca al escuchar lo que hizo mi padre con una de sus mujeres. Era tal su deseo de un heredero que la hizo abrir en vivo la tripa para sacarle el hijo. Murió desangrada y el dolor debió ser terrible. Para colmo era una mujer lo que tuvo, y nació muerta. El destino estaba de mi parte para reinar.

Yo no me quería casar con Francisco, y de hecho, me puse en huelga de hambre. La noche de mi boda me quedé asombrada al verle su camisón. Me gano la partida en encajes y bordados, con que imagínense el resto.

Dicen que yo, ya desde los 12, provocaba y embaucaba a los hombres, pero el premio, me lo llevé al casarme. Me separé enseguida. Mala suerte la mía, pues a otro que me tenía mi madre preparado con anterioridad, al ver su foto, lo rechacé por bizco. Seguramente en sus funciones nocturnas me hubiera dado mejor resultado.

No perdonaré yo a los Bécquer lo que sobre mí decían. Tal como:

Por probar de todo…de tirarse un pollino encontró modo

Y por airear mi romance con Carlos Marfori, y acusarme de estar liada con mi queridísimo y santo padre Claret. Del pobre Francisco decían:

El Rey Consorte, primer pajillero de la Corte.

No me quiero alargar más. 

Hágale llegar a Doña —–, que tendrá mi respuesta.

Salud.

Preámbulo

 

Triste destino el mío. He sido tan precoz en todo…La corona ceñía mi cabeza con tres años. No entendía aún su significado, pero me sentía importante; y con 13 ordenaba ya la vida del resto. Todo tiene su lado oscuro, la cara menos agraciada. Casarme contra mi voluntad, y tenerme que separar, aunque eso hoy está a la orden del día, (la separación, que no la obligación).

Soy un símbolo de la libertad, aunque más llenita que la estatua que le hicieron en el río Hudson; pero ya se encargaron algunos de llamarme frívola, lujuriosa y cruel. Qué les voy a contar de insultos hacia la persona, de los que ustedes saben tanto.

Esto sólo es el preámbulo, de mi anacronismo entre ustedes.

Salud.

Sakkarah en el papel de Isabel II

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Sanguis martyrum…

Debe ser cierto lo que dice Fernando Savater, “Las personas que no piensan como uno son las que mantienen nuestra cordura“, pero como jode tener que escuchar algunas cosas (por cierto, cuando condenan a alguno de ETA ¿preguntan por el autor intelectual ?). La aprobación en el Congreso de la Ley de la Memoria Historica es una buena oportunidad para poner a prueba nuestra capacidad para debatir sobre un asunto sobre el que ha pesado la maldición de no removerlo, so pena de volver a las andadas y reabrir heridas , que por lo que se ve no han cicatrizado ni siquiera cuando la generación que combatió en la guerra civil ha desaparecido en gran parte.
Hablando de los autores intelectuales de la guerra civil, la Iglesia española ha logrado (es un decir) la beatificación de 498 martires de la guerra civil española (ya lo dijo Tertuliano: “Sanguis martyrum, semen christianorum est“), a lo que se ve no todos los que fueron asesinados por llevar sotana, pero han sido muy críticos con esta Ley de Memoria Historica por “revolver en el pasado”, dicen.

Dos reflexiones muy interesantes para el próximo debate, una de mi admirada Susana Fortes, la otra de Isabel Burdiel, profesora de historia contemporanea.

La Mala Fe
Susana Fortes

Los neurólogos han intentado buscar a Dios en el interior del hipotálamo; la antropología ha seguido su pista en el cerebro del homo sapiens; los biólogos han escudriñado el ADN sin hallar rastro del Ser Supremo. Se busca a Dios por todas partes: en los genes, en las moléculas, en los laberintos virtuales de Internet… Teresa de Ávila decía que Dios también andaba entre los pucheros; algunos Médicos sin Fronteras se afanan por encontrarlo en los suburbios de Nueva Delhi o entre los enfermos de malaria, otros creen haber visto su rostro en los frescos de la Capilla Sixtina o en el interior del cuerpo amado. Pero si existe un lugar donde nadie ha podido encontrarlo jamás es en las cuevas del Vaticano.

Desde que Pedro puso la primera piedra, la Iglesia ha quebrantado uno por uno todos los mandamientos que Jehová le entregó a Charlton Heston en el monte Sinaí: torturas, traiciones, hogueras, juicios sumarísimos, asesinatos, incestos papales, guerras a sangre y fuego, apoyo a dictaduras: “Que la ira de Dios caiga sobre España si la República persevera”, imprecó el cardenal Segura y después el Primado de España, Isidro Gomá, bendijo la guerra civil como “santa cruzada”.

El domingo pasado los obispos españoles quisieron medir sus fuerzas en el mismo corazón del Vaticano, beatificando en una ceremonia solemne a sus mártires de guerra. Lo curioso es que entre los 498 religiosos llamados a sentarse a la diestra de Dios padre no figurara ninguno de los sacerdotes que fueron fusilados en la zona franquista por el simple hecho de haber escondido en la sacristía a un maestro del Frente Popular o haber ayudado a huir a un grupo de sindicalistas. Por lo visto esos mártires no eran de los suyos aunque llevaran sotana, como tampoco lo eran todos los españoles del bando republicano que todavía yacen en las fosas comunes y bajo las cunetas de los caminos perdidos de España.

Dice El Roto que todas las Iglesias se acuerdan de sus mártires, pero se olvidan de sus víctimas. En Valencia piensan levantar un templo faraónico sobre una antigua nave de hormigón de la Cross, junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, para que también los muertos queden consagrados como atracción turística, igual que hizo Franco poniendo el Valle de los Caídos en la ruta de El Escorial. Pero la cosa no queda ahí, los mártires de la patria van a llover hacia arriba: la Iglesia pretende beatificar a 10.000 más de una tacada. El cabello de ángel se va a poner por las nubes

Algunos metafísicos plantean que Dios se ha caído del cielo y hay que buscarlo en las acciones de cada individuo. Según eso la fe de monseñor Agustín García-Gasco tendría el mismo ADN moral que la del cardenal Gomá con su ardor guerrero.

Pero mientras los obispos galopan a caballo del Apocalipsis con el llanto y crujir de dientes del nuevo infierno, el resto de los mortales seguimos pecando por libre en este otoño romano de Todos los Santos, lleno de terrazas y restaurantes a orillas del río, con la esperanza puesta en los pequeños placeres de la vida y del arte. Para nosotros en San Pedro continúan reinando Miguel Ángel y Bernini. Los demás, como diría Terenci Moix, son simples realquilados.


Cuando los obispos rezan por el Rey

Nuevo Look LetiziaMomentos de Diana de GalesIcono Diana de GalesDestape de NadalPrincipes de InglaterraCatedral ToledoPinturas Catedral ToledoBarcelona huele malLas recogepelotasCaprichos tecnologicosBerlin iluminadaMar de CelebesVengadoras de cineCatedral de SevillaPascual MaragallMisterios Olmecas

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Desde Isabel II a Juan Carlos I, la Iglesia sigue considerando que la Monarquía , incluso la constitucional, es suya. Piensa que el poder monárquico es de origen divino y no expresión de la voluntad nacional

La consolidación de la democracia en España ha sido posible por la retirada del espacio activo de la política de dos instituciones, la Monarquía y el Ejército. Otra institución, la Iglesia católica, se resiste denodadamente a ello. Su negativa a considerar que la religiosidad, en sus diversas expresiones, debe ser un asunto estrictamente privado, sigue siendo militante.La lógica de funcionamiento de una Monarquía democrática es contraria a la de la Iglesia.

A su pesar, la Corona vuelve a ser visible en la arena política y a lo lejos suenan los rezos habituales

La resistencia eclesiástica a soltar todos aquellos resortes (e ingresos) del Estado que puedan favorecerla siempre ha requerido aliados e instrumentos políticos. Entre ellos, la Monarquía ha ocupado un lugar privilegiado. Las cosas comenzaron a complicarse en toda Europa, y en España, cuando la Monarquía dejó de ser absoluta y pasó a ser constitucional.

Aun entonces, contra viento y marea, la Iglesia siguió considerando que los reyes “eran suyos” y que su obligación -desde una concepción del poder monárquico ligada a lo divino y no a la voluntad nacional- era defenderla contra la secularización del Estado y de la sociedad. La posibilidad de un monarca ajeno a las luchas de partido, incluidas las suscitadas por la llamada “cuestión religiosa”, tiene precisamente ese límite: la cuestión religiosa. Algo que llega hasta hoy con las implicaciones netamente partidistas del rechazo a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. En ese tema, como en cualquier otro considerado sensible para sus intereses, la lógica de funcionamiento de una Monarquía democrática es contraria a la lógica de la Iglesia.

Quizás convenga volver la mirada hacia los orígenes, hacia la ruptura liberal con el absolutismo durante el siglo XIX, para entender el hálito decimonónico de episodios actuales que involucran a la Iglesia y a la Corona. Aquella ruptura implicó el reacomodo forzado de la Iglesia a una nueva situación política y a un nuevo tipo de Monarquía cuyos supuestos básicos no compartía en absoluto. Isabel II, como no se cansaron de repetir los mismos liberales, subió al trono porque contó con el apoyo del liberalismo y lo hizo como reina constitucional, legitimada por la voluntad nacional y no por la herencia o la voluntad divina. Durante la guerra civil carlista, la Iglesia estuvo (como siempre) en los dos bandos. Por si acaso. Sin embargo, no hay duda de que el corazón y los intereses (las armas y los rezos) de la mayoría del clero estuvieron con don Carlos. El liberalismo era sin duda pecado y la nueva reina, ilegítima, además de interesada, porque había aceptado el poder de los impíos liberales.

Sin embargo, las cosas estaban como estaban y a ellas había que acomodarse, al menos de momento. En ese reacomodo, el control del alma deshilvanada de la hija de Fernando VII era fundamental. Como lo era el Partido Moderado donde convivían liberales conservadores con carlistas reciclados, como ahora convive el liberalismo conservador y el franquismo sociológico en el principal partido de la derecha. Juan Donoso Cortés -quien participó en la primera redacción de lo que luego sería la condena papal del liberalismo en el Syllabus- fue muy explícito en una carta al duque de Riánsares, padrastro de Isabel II. Hoy se agradece su desparpajo: “Los progresistas no necesitan del Monarca para ser fuertes porque se apoyan en las turbas. Los moderados no necesitan de las turbas para ser fuertes porque se apoyan en el trono: pero ¿dónde estará su fuerza cuando no se apoyen ni en el trono ni en las turbas? Usted dirá que es triste soltar a la presa”.

Como una presa, en el doble sentido cinegético y carcelario del término, fue concebida desde entonces la primera reina constitucional de España. La Iglesia comprendió y perdonó sus flaquezas humanas y rezó por ella cuando su imagen fue arrastrada por el lodo de la pornografía política de la época. A cambio, el Concordato de 1851 -pariente lejano de los acuerdos actuales- devolvió al clero parte sustancial de sus riquezas, de su influencia política y de su capacidad de control sobre la educación y las conciencias de la ciudadanía.

El entonces arzobispo de Toledo y la Monja de las Llagas fueron especialmente activos en impedir cualquier posible acomodo de Isabel II a una situación de gobierno progresista. Con los progresistas venían tímidas propuestas de tolerancia religiosa que había que cortar de raíz recordándole a la reina, con humanidad pero con severidad, que sus pecados privados y políticos tan sólo podrían ser purgados si se convertía en el más firme y visible bastión de la Iglesia católica.

Con Isabel II comenzó el doble juego y la doble moral que arrastró a todos los monarcas decimonónicos (y no tan decimonónicos) al conflicto partidista en el cual la posición de la Iglesia desempeñó un papel decisivo. Salustiano de Olózaga popularizó la expresión “obstáculos tradicionales” para señalar el origen de las dificultades de consolidación del liberalismo pluralista en España. Apuntaba directamente al entorno reaccionario y clerical de Palacio que acabó costándole el trono, en 1868, a esa primera reina constitucional.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. No hay comparación posible; entre otras cosas porque Isabel II (por educación y por afición) colaboró activamente con quienes buscaron convertirla en un desastre personal y político. Queda, sin embargo, la incomodidad de un recuerdo, de un hálito titubeante pero persistente, que parece filtrarse a través de los siglos. La presencia de Juan Carlos I contribuye mucho a despejar el ambiente. Para los demócratas, su legitimidad reside precisamente en su firme invisibilidad política en las legítimas luchas entre partidos, incluidas aquellas referidas a (o que toman como pretexto) la “cuestión religiosa”. El Rey tan sólo se hizo visible cuando ayudó a pilotar la transición a la democracia y cuando se opuso a quienes quisieron acabar violentamente con ella. Todos los esfuerzos por hacerle bajar a la arena política, en temas sin duda candentes pero no letales como aquel, han sido vanos.

Pero, hete aquí, tras 32 años de democracia, que desde la emisora de la Iglesia se pide insistentemente la abdicación del primer monarca democrático de la historia de España. Su locutor más popular y rentable denigra personalmente al Rey y afirma que “no cumple con sus obligaciones”. Es decir, que no se implica en la defensa de lo que considera “obligado” una emisora cuya línea editorial se ajusta en todo (según su página web) a la doctrina de la Iglesia.

Escándalos lánguidos aquí y allá. Destacados dignatarios eclesiásticos se apresuran a “lamentar” esas declaraciones y anuncian que rezan (mucho) por el Rey, por su familia y por la Monarquía. Algunos demócratas impíos nos asustamos recordando (un pecado como cualquier otro) que esos rezos han sonado demasiado a menudo, en la historia de nuestros reyes y en la nuestra, a sometimiento simbólico y a advertencia. Nos tememos que en la apropiación de la Monarquía todo vale: los rezos y Jiménez Losantos. Si Juan Carlos I no se implica, hay que implicarlo.

Alguien filtra que una destacada dirigente del Partido Popular sugiere al Rey un “trato humano” para ese acosado locutor cuya libertad y expresividad podrían peligrar. Se filtra que el Rey se pregunta quién es, en realidad, el maltratado y se filtra que espera algo más que oraciones. Como penúltima vuelta de tuerca no está mal. Cualquier “reacomodo” mediático de dicho locutor será interpretado como una intervención del monarca, como un atentado contra la libertad de expresión por parte del garante de la libertad de todos. Chapeau, que diría Voltaire. A su pesar, la Corona ya es visible en la arena política de la España democrática del siglo XXI y a lo lejos se oye el ruido de los rezos habituales.

Isabel Burdiel es catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia.

Posted by isisdiosa99 at 11:53:36 | Permalink | No Comments »

Patria, religión y bricolage

Por lo que se ve, se nos está llenando la tertulia de anarquistas y descreidos, de derechas, por supuesto, que a la primera de cambio renuncian a sus convicciones monarquicas, nacionales e incluso teologicas. Solo ha bastado con sacar el tema de los ataques recientes a la corona, para la que ha servido de documentacion una reciente editorial de Zarzalejos, director del ABC y un brillante artículo de Fernando Savater, para que se oiga eso tan repetido ultimamente de “yo no soy monarquico, como mucho Juancarlista” y a continuación acusar a los políticos y a los medios de comunicación de estar todo el día dando la turra con asuntos que no tiene relación con las preocupaciones de los ciudadanos. En esa tesitura las afirmaciones del lider de la derecha sobre la conveniencia de una letra actualizada para el himno nacional es una cuestión menor que no tiene interes ni siquiera para los deportistas, que parecen ser los principales usuarios potenciales. Ya veremos como se lo toman nuestros contertulios cuando la Iglesia vaticana reuna a cientos de miles de fieles para honrar a los martires de la Republica española, en esta interpretación sui generis que hace la conferencia episcopal española de la memoria historica. Y en esas estamos.

Salud

Depresion. Juan José Millás

El pueblo vasco, como el español o el belga, por poner tres ejemplos, existen porque la vida es absurda. Si nuestro paso por la Tierra tuviera algún fin un poco consistente, ¿a quién se le iba a pasar por la cabeza dedicarse a ser un patriota gallego o catalán o sueco (en el caso de que exista esta última variedad, lo que me parecería inconcebible)? Lo difícil, en todo caso, es aguantar la vida a palo seco, sin la protección de una bandera y su correspondiente himno. De ahí que el mundo esté lleno de nacionalidades, algunas lo suficientemente excéntricas como para llenar el vacío de varias generaciones. De alguien que expirara gritando ¡Vivan los Vosgos!”, se podría afirmar sin género de dudas que había gozado de una existencia plena. Además, le pondrían una calle.
Pero el nacionalismo no siempre basta para aliviar el vértigo de no saber quién eres, adónde vas o de dónde vienes. Hay patriotas franceses, alemanes o turcos profundamente insatisfechos de sí mismos. Por eso conviene redondear la identidad nacional con una religión. Ser, por ejemplo, profundamente inglés al tiempo que radicalmente protestante constituye un seguro de vida. No se sabe de ningún español católico, por poner otro caso, que haya sufrido una depresión profunda. Quizá una úlcera sí, pero la úlcera tiene mejor pronóstico que la depresión. Conocemos un sustituto de la religión y la patria, el bricolaje, que no hace daño a nadie y con el que lo único que se matan son las horas. Pero está poco implantado todavía.

El Gobierno, la oposición y los partidos periféricos compiten en los últimos días por ver a quién le gusta más España y su bandera, lo que parece que da votos (y sentido). Me gusta mucho España, repetía Zapatero no hace mucho en una emisora de radio. No habríamos reparado en ello de no ser porque lo afirmaba con tal pasión que daban ganas de decirle que Finlandia tampoco estaba mal. Y no está mal, pero si lo dices en una entrevista te corren a gorrazos. Es como si un arzobispo castrense de Zaragoza dijera que preferiría ser búlgaro y sintoísta, o egipcio y yoruba lo que, a poco que se considere, son combinaciones tan viables o inviables como cualquiera otra. Lo que hace falta es que todo esto sea para bien.

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